Mañana a esta hora habré dejado mi casa. Estaré alejándome de lo que ha sido mi vida por un año sabiendo que todo esto jamás volverá. Pongo losing my religion en repeat, abro el blog y me pongo a escribir la última entrada. Es una de esas canciones que tiene algo especial, un factor inspirador que hace que las palabras fluyan una tras otra.
Estas últimas semanas han sido intensas. Hablaba con la gente como si nada, mirando a sus ojos y sabiendo que probablemente nunca los volvería a ver. Las frases hechas no me valen. He conocido a muchos este año y de algunos de ellos me cuesta horrores despedirme. Porque se que es un puto adios y no un hasta luego, por mucho que queramos lo contrario.
De este año he aprendido lo importante que es la gente. He aprendido que no puedes huir de tus fantasmas; empezar de cero te puede dar una falsa sensación de limpieza, pero al final siempre acabarás llegando al mismo punto que te provocó querer tirar todo por la borda y comenzar de nuevo. He aprendido que se puede vivir odiando tu trabajo. He confirmado que Málaga es la mejor ciudad para vivir, ever, y he propagado las maravillas de mi tierra por el sudeste asiático.
Ahora toca viajar. Tres semanas con mis amigos de Málaga. Ellos disfrutarán haciendo turismo mientras yo andaré con la mirada perdida, melancólico, tratando de absorber y grabar a fuego en mi mente la esencia de Asia. Mi querida Asia.
Te voy a echar tanto de menos..

Lo hablaba el otro día con Borja y esta mañana con Lucía. No quiero que se me olvide poner en el blog la que sin duda ha sido la gran conclusión a la que he llegado en este año de beca. De todo lo que he vivido, de todo lo que he sentido, de todo lo que he viajado este año me quedo sin duda con una cosa principal:
Puedes irte a vivir donde sea; puedes tener el trabajo que sea; que lo que más va a condicionar tu felicidad va a ser el grupo de gente que te rodee. Me pongo a pensar en los mejores momentos de este año y siempre veo personas compartiendo cosas conmigo. La playa paradisíaca en la que estábamos o los arrozales de postal son el marco, sí, pero es lo de menos. Me pongo a pensar en los peores momentos y me veo solo. Podía estar haciendo la mejor inmersión de mi puta vida o encima de la mayor torre de comunicaciones de todo el continente. Sigue siendo lo de menos.
Parece una tontería pero las consecuencias de tener esto claro son tremendas. Esta ha sido la primera vez que he vivido fuera de casa en serio y no tenía ni idea de lo que me iba a encontrar. He aprendido que una vez que encuentras a la gente correcta todo empieza a encajar y a ir sobre ruedas. Y lo mismo podemos repetir la misma historia en Madrid, Barcelona, Londres, Chicago o Minneapolis. ¿Por qué no?
Más bien aversión, tirria o manía. Es algo que la gran mayoría de los expatriados en Kuala Lumpur desarrolla con el tiempo. Triste pero cierto; los locales nos acaban cayendo nada más que regular. A mi al principio me tocaba bastante los cojones escuchar a la gente poniendo a parir a los malayos. Que si son unos putos vagos, que si no sirven para nada, que no tienen educación, que menudos guarros que son..
No lo soportaba. Me parecía una falta tan respeto tan brutal viniendo de gente que vive en el propio país que me daban ganas de gritarles a la cara: “¡SI TAN MIERDA ES ESTO VETE DE UNA PUTA VEZ A TU PUTO PERFECTO PAÍS Y DÉJALOS EN PAZ, JODER!”. Obviamente esos comentarios me los guardaba y solamente a los más cercanos les comentaba lo mal que me parecía rajar a espaldas de un país en el que estás viviendo.
Y en los últimos meses, sin embargo, me he sorprendido lanzando comentarios vulgares y humillantes hacia los locales. Yo, el defensor del malayo, traicionando mis valores. Obviamente mi tono es más jocoso que otra cosa, no tiro a matar sino que pretendo ser cómico, pero el trasfondo es claro y no puedo negar que me avergüenzo de ello.
No se si será algo común o no en la gente que estamos en países radicalmente distintos en cuanto a cultura, pero me siento bastante identificado con el comentario que nos dejó Roberto (Trípoli) hace unas semanas. Algunos otros dan pistas pero no se pronuncian abiertamente. ¿A vosotros os ha pasado algo parecido? ¿Llegar con muy buenos propósitos y acabar cansadete de algunos aspectos de vuestros locales?
Me acabaré comiendo mis palabras de hace algo más de dos semanas. Y es que septiembre está rompiendo todas las previsiones, convirtiéndose día a día en un pedazo de mes. Tanto es así que si no fuese por la mierda de trabajo no me importaría quedarme aquí algo más de tiempo.. hasta que se termine de desmantelar el tinglado definitivamente y se marchen los últimos colegas de Kuala.
Ayer además me dieron de nuevo mi amada cámara de fotos. Se me volvió a romper (y van tres) hace un mes por seguir maltratándola como siempre. Menos mal que el servicio técnico Canon aquí en Malasia es cojonudo y no he tenido que pagar ni un duro. Así que durante estas dos semanas que me quedan en mi ciudad adoptiva intentaré hacer miles de fotos para el recuerdo. Mil ganas tengo. Os dejo ahora con un pedazo de vídeo musical del copón, que curiosamente ayer cantamos en un karaoke en una mítica noche despedida del gran ramonet. ¡Viva septiembre!