Jul 26 2006
Jan Ostade y el embarazo de 24 meses

A finales de la década de los ‘90, un sociólogo holandés, el Dr. Jan Ostade, consiguió desviar fondos de investigación públicos para financiar lo que consideraba un proyecto revolucionario que cambiaría la concepción del mundo. Bajo el nombre de ‘De verlengde zwangerschap‘ pretendía extender el periodo de gestación de los embriones humanos de los clásicos nueve meses hasta los dos años.
Su investigación, rechazada por la administración de la Universidad de Leiden por anticonstitucional y antiética, construía sus líneas principales en torno a estudios anteriores que afirmaban que un embrión humano no está realmente preparado para sobrevivir sin obstaculizar gravemente a sus padres hasta pasados quince meses desde el parto. Según Ostade, las especies animales, conforme van evolucionando hacia generaciones con capacidades más desarrolladas, aumentan progresivamente el periodo de gestación en el vientre materno, de forma que en el momento del nacimiento los nuevos individuos sean capaces de sobrevivir sin entorpecer demasiado las actividades de sus progenitores.
En el juicio al que fue llevado, bajo cargos de privación de libertad y lesiones continuadas, Ostade declaró que, igual que los elefantes se toman casi dos años dentro del vientre materno para garantizar una operatividad mínima en el momento del nacimiento, un ser humano recién nacido supone la mayor carga, comparativamente, de toda las especies naturales para sus progenitores. La razón por la que la duración del periodo de gestación no se ha alargado en nuestra especie es, en su opinión, la no preparación de la hembra humana para embarazos tan largos, concretamente por razones de tamaño de la cavidad abdominal y del coxis.
Su propuesta era simple. Una vez producido el parto, los recien nacidos serían trasladados a un vientre artificial, una incubadura para humanos, en el que continuarían su crecimiento en forma aletargada. La idea contemplaba la administración contínua de sedantes por vía intravenosa durante los quince meses de incubación externa. Dentro del vientre artificial, los niños estarían totalmente aislados, sin ver a persona alguna y sin recibir más que los estímulos meticulosamente planificados.
Para prepararlos para el momento de su nacimiento real, a los ‘aún fetos’ se les pondría en contacto con bacterias, serían vacunados y sometidos a ejercicios de desarrollo de la masa muscular. La fase inicial contemplaba la creación de dos grupos, uno de ellos que recibiría estímulos audiovisuales para incentivar la conectividad cerebral, mientras el otro quedaría en completo aislamiento. Los resultados infructuosos realizados en animales llevaron al Dr. Ostade a la división en estas dos series para estudiar los resultados.
Cuando presentó su proyecto ante el comité de investigación de la Universidad de Leiden fue rechazado por unanimidad y se le apartó de la línea de trabajo que venía desarrollando. Pero no sería tan fácil pararle. Ostade alquiló una casa en las afueras de Scheveningen, a unos veinte kilómetros de la universidad, y junto con dos colaboradores inició en 1996 la construcción de los cuatro primeros vientres artificiales. En completo secreto, convenció a cuatro mujeres para que prestasen sus hijos a la ciencia. Su arrolladora personalidad las hizo creer que su proyecto cambiaría la perspectiva del embarazo en el mundo moderno, minimizando el periodo de baja maternal tras el parto a una única semana. Después, tendrían quince meses más de vida normal hasta que finalmente les fuese entregado su hijo, en plenas condiciones, con aptitudes para aprender a andar en no más de diez días y más sano y preparado que el resto de niños. ¡Y sin tener que sufrir los molestos primeros meses de atenciones contínuas!
En 1998, con los cuatro primeros prototipos ya listos y uno de emergencia para contrarrestar posibles averías, el Dr. Ostade inició el experimento. Los niños perfectos fueron introducidos en las incubadoras con menos de dos meses de diferencia, al no coincidir las madres en las fechas de sus partos. En palabras de Ostade, el experimento hubiese sido un éxito rotundo sino fuese porque en abril de 1999, los desfalcos económicos en las cuentas del área de investigación de la universidad llamaron la atención de un administrativo. Una semana después se desvelaba la trama y se localizaba la casa de Scheveningen. Los niños llevaban ya cerca de nueve meses en los vientres artificiales. Los daños fueron irreparables.
Todos ellos sobrevivieron pero hoy, ocho años después, dos de los niños perfectos sufren trastornos mentales y motrices crónicos. Si bien los otros dos, aquellos que recibieron estímulos audiovisuales, no solamente no presentan ningún problema aparente, sino que son prodigios de la naturaleza. Con una inteligencia descomunal, su propia existencia es la prueba que necesitaba el Dr. Ostade para creer, a ciencia cierta y desde la cárcel, que su experimento no iba desencaminado.
Ante el silencio de la comunidad científica, que parecía ocultar lo que él consideraba como el último gran avance científico del siglo XX, Ostade se hundió en una depresión. El 15 de noviembre de 2001 amaneció muerto en su celda. Había ido almacenando los somniferos que recibía diariamente.
La pregunta es clara.
¿Debemos reabrir la línea de investigación que nos dejó Ostade?
Ficción
Twentydur 25/07/2006

































